Todos tenemos (...) dos memorias (...). Una memoria que la muerte mata, brújula que acaba con el viaje, y otra memoria, la memoria colectiva, que vivirá mientras viva la aventura humana en el mundo.

Eduardo Galeano - Amares

No le falta razón al escritor uruguayo cuando así escribe. En nuestro inconsciente coexisten dos formas, similares al tiempo que distintas, de evocación de lo que ya aconteció. Tan sólo realizando un breve esfuerzo recordaremos aquello que ocurrió poco tiempo antes: esa es la memoria diaria, una suerte de diario íntimo al que de manera inexorable vamos añadiendo párrafos y párrafos, como pequeños pedazos de papel pegados en el gran collage de nuestra vida.

Pero hay otra memoria, forjada a lo largo de muchos años, que aglutina los recuerdos y las añoranzas de grandes colectivos, de multitud de personas que han compartido un acontecimiento, un deseo, una frustración; es una memoria necesaria, cuyo carácter indispensable le viene dado por la necesidad de tener siempre presente aquello que de algún modo nos ha afectado. Sólo si no dejamos que nuestros recuerdos queden cubiertos por una pátina de polvo y moho conseguiremos mantenerlos vigentes. La memoria colectiva es ese inmenso almacén que ha acogido, a modo de viejo colmado, todas nuestras vidas, todos nuestros pensamientos, amontonándolos con mimo, cuidadosamente, para que en cualquier momento podamos introducirnos en él y extraer un recuerdo: ese insignificante acontecimiento al que no le dimos excesiva importancia en su día pero que con el lento paso de los años ha adquirido en nuestra memoria un incalculable valor. De ahí la crucial relevancia de la memoria colectiva: es el espejo en el que todos debemos mirarnos constantemente, para así recordar quiénes somos y de dónde venimos. No dejemos que nuestro pasado se introduzca en el valleinclanesco callejón del gato, donde todo acaba deformado.

Hago estas consideraciones al haber llegado a mis manos unas fotografías y documentos que trajo mi padre de Bolivia, y que son testimonio de una gesta deportiva que ha permanecido ignorada. Este año se cumple el 80 aniversario de un acontecimiento deportivo que

salida desde Oruro

no se ha vuelto a repetir, protagonizado al comenzar por siete jóvenes bolivianos: cuatro cochabambinos (Arturo Reque Meruvia, Eduardo Sánchez, Jorge Arrieta y Juan Borda) y tres orureños (Ruperto Brown, Francisco Baya y Humberto Villegas), que partieron el 30 de abril de 1927 desde la capital de Bolivia, La Paz, para llegar a la capital de Argentina, Buenos Aires, el día 20 de junio de 1927, después de recorrer 3600 kilómetros por sendas y carreteras -a menudo siguiendo los raíles del ferrocarril -, equipados con anacrónica vestimenta militar, gafas y cascos de piloto de aviación, frazada y cámaras de bicicleta en bandolera.

recepcion oficial

recepcion oficiosa

Las rancias y emotivas fotografías que acompañan a esta página dejan al lector en libertad para que con su imaginación sea partícipe de una aventura que sin lugar a dudas forma parte de la imperecedera memoria deportiva boliviana.

Andrés Reque Mata
Antropólogo
(nieto de Arturo Reque Meruvia)


Arturo, jefe de expedición

Arturo, jefe de expedición

Salida de La Paz

Salida de La Paz

llegada a Buenos Aires

Llegada a Buenos Aires

certificacion de llegada

Certificación de llegada